Las huellas de la crisis

Esta crisis, que forma parte de nuestra vida desde hace unos años, se ha definido desde un principio y de manera constante como una incertidumbre sobre el futuro de nuestro status económico.

Sin embargo esta foto, que es la que con mayor claridad puede representar los tiempos que vivimos, no deja de ser un zoom. Es como si hubiéramos montado un teleobjetivo en nuestra percepción de las cosas y éste sólo nos permitiera encuadrar un detalle de la panorámica de nuestras vidas. Sin embargo, si montáramos un gran angular la realidad que enfocaríamos se ampliaría y nos ofrecería una visión completa de una sociedad en crisis (y no sólo económica).

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No debería sorprendernos que en el comienzo de esta crisis, allá por el 2009, se repitiera por parte de algunos ‘gurús’ con piel de economistas un mantra que de una u otra forma acabamos asumiendo como cierto: ‘hemos estado viviendo por encima de nuestra posibilidades’. Al fin y al cabo era una explicación sencilla y al alcance de todo el mundo que además nos enfrentaba con nuestra mala conciencia de consumidores empedernidos y que nos permitía lacerarnos y aplicarnos el ungüento de la autocompasión todo al mismo tiempo.

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Esa explicación nos mostraba como únicos responsables de lo que nos estaba pasando e indirectamente nos señalaba como víctimas de las consecuencias que conllevaría solucionar el desaguisado. Y de esta manera acabamos aceptando con resignación el destino que nos venía marcado.

Ya con el terreno abonado fue fácil. Confiamos en quienes decían estar en posesión de la pócima mágica para sacarnos de la crisis económica. ‘Recortes’ era una palabra que utilizábamos en clase cuando éramos niñ@s o cuando vestíamos muñec@s de papel. Ahora, cuando oímos hablar de ‘recortar’ ya no nos imaginamos unas tijeras con las puntas redondeadas.

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Es curioso cómo esa palabra, que hasta hace unos años nos traía a la memoria la imagen festiva de decenas de pedazos de revistas pegados caóticamente en una cartulina, se ha convertido en algo que nos tuerce el gesto.

Así es como ha cambiado nuestra percepción de las cosas. Así es como hemos madurado.
Ya no creemos que nosotros fuéramos los responsables ‘económicos’ de la crisis. Ya no aceptamos que nosotros debamos pagar las consecuencias renunciando a un bienestar al que teníamos derecho y que no era una concesión que nuestros gobiernos nos permitían disfrutar gracias a la bonanza económica en que vivíamos.

Ahora vemos los efectos de la gestión de la crisis en las personas y las cosas que nos rodean.
Las consecuencias se han extendido como una metástasis por todo el tejido social: en nuestro estado de ánimo, en nuestras relaciones familiares y personales, en el ámbito laboral y en nuestras amistades, en la desconfianza hacia los demás, en el rechazo hacia el diferente, en el egoísmo del ‘sálvese quien pueda’, en la avaricia de los corruptos, en la falta de solidaridad institucional, en la penuria de miles de familias, en la precariedad que se ha asentado en nuestros trabajos y vidas….

Los efectos de la crisis se dejan sentir en nuestras vidas en tiempo presente, pero sus huellas se mantendrán visibles durante décadas.

Notero individualista

Reconocer esas huellas nos hará conscientes de su existencia y nos permitirá combatirlas. Todo con un objetivo superior al de ‘mantener un status económico’: Que el legado que dejemos a nuestros hijos se encuentre libre de su rastro.